He tenido un fin de semana de hacer lo que me ha salido del papo.

He hecho una canción desde cero, he ido al rastro, me he tomado mis cervezas al sol, he paseado y visto el atardecer desde un mirador, he comido como un cerdo y he visto Friends hasta quedarme dormido en el sofá. Es todo aquello que quiero hacer cuando no tengo tiempo para hacer nada, todos los que luego echo de menos, todo lo que considero bienestar cuando no estoy cien por cien bien. Sin embargo, en todas y cada una de esas acciones había detrás un sentimiento de cansancio, de batalla constante contra una tristeza latente sin nombre ni apellidos. Un ápice de temor sin aparente causa que en cualquier momento culminaría en un estallido.

Y me pregunto: “¿qué pasa?”.

Existe una tristeza sin nombre, unos brazos etéreos de desesperanza que parecen abrazar a toda la generación nuestra. Según observo, me voy dando cuenta de que buena parte de mi círculo, y más allá de la frontera de mis amistades, está atrapado en un sentimiento de tristeza perpetua, en una lucha interna que se libra día tras día. Igual que nuestros abuelos vivieron la posguerra, y nuestros padres el régimen monocromático de Franco, ¿será nuestra generación la época de la desesperanza amorosa y personal? ¿qué ha pasado entremedias? No me gusta ponerme político en temas del sentimiento, pero creo que es inevitable apuntar al sistema capitalista y su consecuente globalización como el principal causante, desde el sistema educativo hasta el plan de pensiones.

Me arriesgo a decir que es difícil sentir, con todos sus vaivenes, en un sistema en el que todo ha de estar tan meticulosamente medido y organizado. Desde pequeños somos preparados con perspectivas de futuro tales que la incertidumbre no es concebida como parte de nuestras vidas. Y las opciones son tantas que no podemos gestionarlo. ¿Será nuestro modo de pensar -o, al menos, lo ha sido-, por ósmosis, también meticuloso y, si no sale algo como esperamos, entramos en pánico pensando que nuestra vida ya está echada por la borda para caer al mar del fracaso? Quiero decir, siendo prácticos, naces, respiras, cagas y la gente babea contigo. Eso está bien. Luego guardería, colegio, instituto, academias, refuerzos, idiomas, ciencias o letras, universidad (aquí me encuentro yo), máster y, si quieres despuntar, doctorado, trabajo de buen sueldo para vivir desahogadamente cuando la vida ya se te está escurriendo entre los dedos. El sistema de recompensa se torna agrio y punzante, pues lo que antes sin ser un logro era considerado como tal, con el tiempo se llega a exigir de ti una obvia superación académica (confundida normalmente con superación personal) a la que no puedes negarte.

“Hay que apuntar alto, ser el mejor”, reza la mayor parte de filosofía norteamericana capitalista. Eso hemos mamado de las películas y nuestra educación: historias de superación laboral revestidas como historias de superación personal. Apuntar alto es un arma de doble de filo que veo inevitablemente clavarse en el costado de toda una generación. Si el objetivo es llegar a lo más alto, pueden pasar dos cosas: que lo consigas o que no. Consiguiéndolo, es indiscutible que el momento de emoción será real. El cerebro liberará la serotonina y podrás mirar el camino andado y respirar satisfecho. Sin embargo, el ser humano es inconformista por naturaleza, por lo que, según creo, el sentimiento de victoria no durará mucho. Como cuando acabas un libro o una serie muy larga , creo que alcanzar una meta demasiado alta no trae sino el vacío del “y ahora qué”. Habiendo gastado la mayor parte de nuestro tiempo y energía en una única causa, concluirla es un golpe de realidad: no es raro ver a recién graduados, doctorados, etc., con crisis personales y un fuerte sentimiento de pérdida. Por otro lado, si no consigues tu objetivo, en seguida estás tachado como “insuficiente” en el sistema meritocrático que mueve el mundo. Entonces, empieza la lucha por interiorizar que “no eres menos”.

¿Y qué pasa si no quiero ser el mejor, sino el más feliz? ¿Por qué me paso un cuarto de mi vida estudiando para poder ejercer un oficio, y nadie me ha enseñado a gestionar mis emociones?

La causa y consecuencia de todo esto es que no hay espacio para la incertidumbre, para la contemplación y el “ver qué pasa”. No dejamos pasar el tiempo de manera natural, sino que como mecanismos automatizados estamos programados para ejercer tal tarea a tal hora. El tiempo pierde su carácter fluido y dinámico para convertirse en un rígido puzzle donde encajar todo aquello que ha de ser hecho. Un fracaso absoluto.

Hablaba el otro día con alguien sobre cómo nos centramos en los desajustes de nuestra vida en vez de apreciar lo más elemental que tenemos (vista, luz, dos piernas y dos brazos, una cabeza, amigos, etc). En cómo un elemento disonante en medio de una inmensidad de elementos en armonía puede amargar todo el vasto conjunto que compone nuestro día. Y yo opino que es precisamente por la poca aceptación -odio, diría- que tenemos a la incertidumbre.

“Be water, my friend”, decía en contraposición Bruce Lee en una entrevista en la que descubrí qué era el Tao. Aprende a amoldarte en ciertas ocasiones. Fluye, observa y deja la tierra mojada a tu paso para que nazcan flores. No intentes medir tu próximo movimiento tan meticulosamente, ni te ametrallees con “por qué”, o “y si…”, o “cómo…”. Si no tienes lo que quieres, si algo no ha cuadrado bien en tu horario, en tus planes, en tu vida, entonces vendrán otras cosas. Porque, sin ser yo ni viejo ni experimentado, creo que la vida no se reduce a sucesos tan simples, y se llenarán con creces los huequitos que conforman el vacío interior.

Mientras, los pájaros siguen cantando, y el agua, que es vida, vuela sobre nuestras cabezas en forma de nubes y el mar sigue siendo azul y el viento sigue soplando y todos los pequeños acordes que componen nuestro pequeño planeta siguen resonando en un maravilloso eco a través del vasto espacio vacío. Y nosotros seguimos aquí con el corazón latiendo y sentimientos floreciendo. Sólo por los latidos de nuestro corazón en sintonía con un sol que nos alumbra y un planeta que nos acoge en sus maravillas hay que agradecer a la más pequeña probabilidad de que estemos aquí, sobre nuestras dos piernas y con la cabeza a dos metros del suelo. La vida con sus idas y venidas es maravillosa, desde el punto de vista más objetivo. Qué sentido tiene la amargura por un pequeño despunte en toda esta perfecta armonía. En serio, matamos por diamantes cuando en Saturno y Júpiter literalmente estas piedrecitas caen del cielo. Todo el oro de nuestro planeta es una ínfima parte de la que hay en todo el universo. Pero aún no se ha encontrado vida. Por ende, objetivamente tiene más valor una mierda de paloma que todo el diamante del universo.

De todos modos, si tengo una habitación llena de oro, una moneda de cobre me hará pensar que soy pobre.

Precisamente, en la que he llamado antes la época de la desesperanza amorosa, del vacío emocional, estamos tan cargados que hay que vaciarse para acoger nuevas cosas. No somos espectadores de nuestra propia existencia, sino esencialmente partícipes de la misma. Y que viva la incertidumbre (si no, qué aburrido todo).