Cuentan las viejas lenguas, en torno al ardor de un candil en las noches de verano, una historia que se remonta largo tiempo atrás. Tiempos en los que el pueblo se arrodillaba ante un cetro, en los que a golpe de tambor y silbidos de trompeta los ciudadanos salían de sus humildes chozas para contemplar la llegada de su rey. Cuentan los más experimentados, rostros surcados por la edad, la historia de un príncipe que vivió en una región rica y de fértiles tierras, donde se situaba un majestuoso reino.

El príncipe, hijo de un importante y adinerado rey, vivía entre lujos y exigencias. Desde que su estatura rozó el tercio de la de un hombre crecido fue impartido diariamente numerosas lecciones para, en el futuro, administrar bien la hacienda real.

– ¿Por qué he de saber yo esto, aun siendo tan solo un niño? – se preguntaba el joven príncipe – ¿Por qué no he yo de gozar de la libertad de aquellos muchachos que desde mi ventana envidio, preso de esta condena que nunca he pedido?

– Has de ser diligente en tu cometido. Aunque ahora no entiendas, lo harás con las próximas primaveras – respondía el rey a su único hijo.

Y así el príncipe, sin cuestionarse más, se pasaba mañana y tarde estudiando leyes y casos prácticos, observando a su padre cargar con la corona y asistiendo a reuniones que escapaban a su comprensión. Pero cuando la luna se erguía alta y en su luz el reino se dormía, momento que siempre el joven ansía, escapaba el muchacho de su aposento para a hurtadillas leer mil cuentos. “¡Quién pudiera ser pájaro, y volar alto!”, se decía, “¡Y quién pudiera ser mago, para con mis pócimas realizar encantos!”. El príncipe soñaba despierto en su fantasía y, al mirar por la ventana, las estrellas le acariciaban con la mirada, tan apenadas que él solo podía romper en llanto.

Fueron cayendo soles y pasando los años, y el pequeño hombrecillo se había vuelto un esbelto muchacho. Con una veintena de veranos madurados, lucía con todo esplendor por las calles de su futuro reino. Y desfilando por el condado, con cota de malla y espada en mano, se veía todo el pueblo por su príncipe honrado.

– Ahora que eres todo un hombre, hijo mío, te he de casar pronto con la princesa del reino vecino. Así honrarás a tu padre uniendo las casas y formando prometedoras alianzas. Es este, pues, el único camino.

– Sí, padre – aceptaba sin rechistar el príncipe, que tras tantas lecciones tenía asumido su destino.

Pero cuando tímido se escondía el sol tras el horizonte, y de negro se cubría el celaje, el príncipe observaba por la ventana con postura firme e imponente, pensando con qué fin gobernaría a la gente si él nunca había vivido más allá de su real puesto. Ya no leía cuentos, pues le distraían del oficio, pero a su alma inquieta le era imposible dejar de soñar con la libertad del cielo, el anhelo de algo que nunca tuvo; una infancia, un amigo, o una simple muestra del más puro cariño. Y así, en la oscuridad de su rincón particular, cedía ante la emoción y lloraba sin consuelo, de nuevo. “Ahí fuera se espera lo mejor de mí, cuando ni yo mismo puedo gobernarme”, pensaba en su triste lamento.

El tiempo pasó vertiginoso como fluye un río, y con él llegó la enfermedad. Su padre rey yacía ahora, menos vivo que muerto, en sus aposentos.

– Ha llegado el fin de mis momentos, pero no temo nada, porque en ti confío, hijo mío, la guía de este reino hacia un futuro próspero, aunque incierto. – comentaba el rey a su hijo con un hilo de voz casi extinta – Manda adelantar el casamiento, y toma a partir de ahora mi corona y cetro. Yo he cumplido con todo para lo que he sido requerido.

– Pero padre, no me veo preparado para lo que se me ordena, pues no tengo espíritu de rey. Aun preparándome para lo que se me ha mandado, me temo que no puedo cargar con tu legado.

Y fueron sus palabras en vano, pues los oídos del padre eran sordos y sus ojos ciegos. La muerte había besado su cuerpo y su espíritu estaba ya en los cielos. En la soledad del cuarto, el nuevo rey deseó él también estar muerto.

– ¡Dios mío, Imperio! ¿Qué hacer ahora? ¡No puedo con esto! ¡Qué es vivir, si nunca he tenido de eso! ¿Cómo ha un hombre sin vida por dentro, como lo soy yo, dirigir a todo un reino? – se lamentaba el joven.

Al salir del cuarto donde su padre había perecido, mandó a la guardia no molestar al rey, que no lo sabían muerto, pues aún lo creían dormido.

Cogió el esbelto caballero, ahora rey, un espejo en la soledad de su cuarto y se miró el rostro en él reflejado. Con los ojos llorosos no reconoció la figura que se reflejaba en el cristal, y perdió todo tipo de sentimiento hacia sí mismo, como si en su imagen sólo existiera un abismo. “¿Qué soy? ¿Quién soy yo? ¡No puedo más con esto!”, gritó al vacío de su reflejo. Se despojó de la corona y cetro, desató sus ropajes y se colocó una túnica andrajosa para pasar desapercibido. Rompió en pedazos su espejo y de él se llevó un buen fragmento. Escapó, con prisa y nerviosismo, por el pasadizo de sus estancias, diseñado como huida de posibles asedios. De ahí fue a parar a la muralla del reino. Cruzó el río que rodeaba la región, empapando de agua sus deseos. Huyó hacia el interior de un frondoso bosque buscando, si acaso la vida, una que no hubiera todavía vivido.

Ni de este rey, ni de su reino, se sabe más nada. Pero comentan que un cazador lo vio en sus últimos momentos. Puede, o no, ser cierto.

De figura encorvada y cuerpo viejo, barba blanca y ahora sin pelo, el que fue rey había hecho de su vida la soledad más allá del reino. En la grieta de una montaña tenía su hogar, y todas las noches se miraba en lo que quedaba de su espejo, repitiendo: “Oh, espejo, ¿quién soy?”.

Y cuenta el cazador que, en una noche de luna llena, el salvaje viejo contempló de nuevo su reflejo, en una explanada arrodillado, y se dijo: “Oh, espejo, ¿qué soy yo? Ahora lo tengo más claro. Nunca he sido príncipe ni rey, sino un puñado de carne y sentimientos. He eludido mis deberes, mas no me siento mal por ello. ¿Por qué he de negarme bajo el peso de mis obligaciones? Nada más que respirar y comer nos es impuesto. De haber huido no me arrepiento, pues pese a todo he actuado lo mejor que he podido. Y me repito, espejo, ¿qué me viene, entonces, impuesto? A la vida he venido y a la muerte me encamino. Vivir es lo único que se me ha pedido. Y así he obrado, espejo, para respetar a mi persona y vivir con ella, para observar y creer que hay más. Quizá no aquí, ni allí, sino en todas las cosas que guardan memoria y existen para ser sentidas. No habré sido rey, ni tampoco un buen príncipe, pero podré decir que, si alguna vez he sido algo, es justo conmigo y con la Naturaleza con la que he convivido”.

Las nubes densas de la noche se disiparon, y de la bóveda celeste se descolgó una larga tela, negra como el cielo, que con la punta rozaba tímidamente el suelo. En paz, el anciano la acarició y se la colocó en la cintura, para ahora cerrar los ojos y ascender a donde siempre había pedido.