Todos los ojos

Los pitidos agudos y discontinuos de la alarma atravesaron violentamente los tímpanos de Miguel, perforando todas las capas del sueño hasta clavarse en el blanco de su fase REM. De la fuerte puñalada sonora siguió un brusco aspaviento, propio de un toro al que le hunden una banderilla en el costado, que acabó con los 700€ de tecnología pionera en el suelo. El teléfono siguió emitiendo dolorosos pitidos desde alguna baldosa de su habitación. Aún no estaba acostumbrado al despertador de su móvil nuevo, un Samsung de alta gama adaptado a las necesidades de la empresa. Estampándose contra un muro de realidad, se incorporó de un sobresalto y comprobó, con visión aún borrosa por el sueño, que ningún rasguño hubiera mancillado el esplendoroso porte del nuevo dispositivo.

Tras revisar toda la superficie intacta de metacrilato, se volvió a tumbar en la cama y ojeó Twitter. “Más contagios de coronavirus en EE.UU.”, “Boris Johnson en el hospital, que se joda”, “Miles de tortugas sobreviven gracias a la cuarentena”, “Normalicemos el mandar a la mierda si lo necesitamos a las personas con las que tenemos relaciones sexo-afectivas”, “#QuédateEnCasa”. Siguió bajando por la timeline, leyendo noticias, opiniones, publicidad de Glovo y Amazon Prime, opiniones de gurús de las relaciones, y demás. Con la cara aún henchida por el sueño, dio sus buenos días al mundo mediante un tuit acabado en #FelizLunes y volvió a cerrar los ojos.

Venga, va, se dijo, vamos arriba, es un día nuevo. Dio un vuelco de lado a lado en la cama. Quizá cinco minutos más. Y por qué no dormirse toda la mañana y que le den al trabajo. No, Miguel, vamos. Otro vuelco. Necesitas el trabajo, no quieres volver a vivir de ayudas de los papás. Echó una cabezada, casi entrando en el sueño. Se despertó súbitamente. Qué hora será. Qué más da. Sí, sí da. Con medio vuelco quedó boca arriba en su cama, fija la mirada en el techo. Fantaseó con abandonarlo todo aquella mañana e irse a dar una vuelta, quizá a un parque o a una cafetería, conocer a alguien importante de casualidad, quizá un guionista, o el director de alguna prestigiosa revista, y contarle que él escribía, o que al menos tenía el proyecto de hacerlo, y que iba a ser como los grandes autores. En verdad no podía salir, pero eso no importaba. Imaginó sus opiniones resonando en todos los medios, siendo alabadas, y concediendo entrevistas. Pudo, incluso, vislumbrar cómo sus fantasías se dibujaban en el techo. Sobre la pintura blanca, allá arriba, era un hombre importante, libre, libre por ser importante e importante por ser libre, libre e influencia del mundo. No necesariamente escribiendo; en verdad nunca había escrito mucho: algún cuento, diarios a veces. Le valía también con ser pintor, un pintor como Dalí, de esos que tienen una personalidad excéntrica y por ello son escuchados y venerados. También cineasta. La materia no le importaba. Pero acá abajo, sobre las sábanas de su cama, era poco más que un becario en una empresa de marketing encerrado en su triste apartamento por una pandemia.

“Joder, las ocho y media pasadas”, pensó atándose el reloj a la muñeca. Se incorporó y se puso las zapatillas, dejando atrás la tentación del colchón, abandonando sus ilusiones en el alto techo y en lo bajo de su conciencia. Casi arrastrándose por el estrecho pasillo, fue a preparar café y fregó todos los platos acumulados mientras ebullía el agua de la estropeada cafetera italiana, que chisporroteaba líquido parduzco por la coyuntura. De fondo puso la última comparecencia de Pedro Sánchez en La Moncloa. Demasiado espeso para enterarse de algo, trató de atender bien para poder expresar su indignación más adelante por los grupos familiares de WhatsApp y Twitter. Echó el café en la taza, añadiendo un poco de leche de soja y edulcorante con el meticuloso cuidado de un químico para no rebasar las cantidades adecuadas y no estropear así su momento cénit del día.

El primer sorbo de café le supo a culo. Quizá la leche se había caducado, pero era imposible ir al supermercado a por un cartón. Las colas en el Mercadona daban la vuelta al bloque. O quizá era que no le gustaba el café, como muchas veces sospechó Miguel sin atreverse a confirmarlo. Qué clase de pseudoartista, o businessman en proceso, o lo que fuera, no bebía café. Tampoco es que pudiera desayunar Red-Bull, y de alguna forma tenía que espabilarse. Sea como fuere, con el sorbo a café de culo cayeron unas cuantas historias de Instagram, repletas de mensajes de optimismo, de explicaciones de la curva de infectados, de actividades caseras que hacían sus conocidos: pinturas, cocina, ejercicios, música… Todos parecían querer inmortalizar el culmen de sus días, dando a entender que el confinamiento era el mejor momento para indagar en las aficiones de uno mismo. No es que estuviera mal, y Miguel lo sabía, pero una extraña sensación de envidia poco sana, de orgullo herido, le ponía en conflicto consigo mismo. Él era el verdadero artista, no ellos. Él había leído, había pensado en el arte y en sus autores durante toda su solitaria adolescencia. Él comprendía el sentido de una obra, lo sublime de lo escrito, lo trascendental de lo pintado, la lucha contra la muerte y el canto a lo bello de la poesía. Pero ellos no, y sin embargo mancillaban la cultura artística con una sobreproducción de obras vacuas. El mundo necesitaba una nueva corriente fresca, verdadera, auténtica, que no estuviera fundamentada en la era de la información inmediata, del falso intelecto, del concepto malnacido y deforme. Una obra colosal que cambiase el rumbo del viento del devenir, que girara el timón del destino de toda una era. Y qué pasaría si estuviera en sus manos dicho cometido, si Miguel apareciera en el mundo como un titán armado con su escrito, o su pintura. Tenía que haber una idea en medio de toda la amalgama de ideas, una idea nuclear, central, dinamita pura, una mina de diamante en bruto con la que hacer de la pluma un pico y enriquecer al mundo de contenido real, importante, importante de verdad. Y esa idea debía estar a su alcance, porque, aunque no supiera de qué se trataba, sí había percibido que algo faltaba. Y eso, a su parecer, era un primer avance. Era el mismo pensamiento de todos los días.

Sin parar de pasar historias, se acabó con asco el café y se perdió en sus pensamientos, dejando muerta la mirada en algún punto fijo irrelevante. Esbozando una mueca de intranquilidad, sintió en las costillas la presión de desatar de una vez su vena artística, que de latente pasó a patente. La motivación circulaba cálida en la sangre y moría entre fuertes pálpitos en las sienes, alimentando el cerebro de puro arte. Iba a crear ese mismo día, sí, y no cualquier cosa. Pero el qué. Podría bajar a por lienzos y pintura después del trabajo, intentar rescatar alguna idea eterna de antiguos pintores y transformarla a los tiempos de hoy. Un par de veces fue al Museo del Prado, y paseó por sus cargados pasillos durante, al menos, media hora, para luego salir llorando de pura emoción. Suficiente para extraer algo. Aunque realmente eran los bostezos los que le hacían saltar la lagrimilla. Comprendía la importancia de la pintura, pero no comprendía la pintura. Tampoco sabía dibujar, en verdad. Pensando que quizá mejor dar tregua a sus dotes pictóricas, lo cierto es que la idea se le quedó grande. ¿Y qué tal la literatura? Había leído grandes clásicos, como Guerra y Paz, o Niebla, incluso Los hermanos Karamázov, y aunque nunca lo terminó, sí había exprimido el carácter esencial del texto. Sin duda el potente carácter psicológico de Dostoievski serviría como punto de partida para analizar el pensamiento de su podrida época. Escribir, además, no era tan difícil. Sólo tenías que contar cosas, igual que si se las contaras a un amigo. Lo que primaba era la idea. Pensando en ello, el café fue haciendo peripecias en su estómago hasta empujar todo lo acumulado en los intestinos hacia la puerta de evacuación.

En el fondo Miguel tan sólo se estaba dejando convencer por una mentira, por una ilusión nacida del vientre de la rivalidad pasiva. No vale con trabajar; por supuesto hay que ser creativo, y había que mostrarlo al mundo, pues nada puede quedar dentro. Ni siquiera había prestado atención a las historias de Instagram. Pasándolas con ansia, no había hecho ningún juicio real, ni bueno ni malo, a ningún cuadro o canción, sino tan sólo un mero “esta persona crea y yo no”. Donde él veía (y realmente creía) una ocasión para ponerse a explorar en sus adentros, una oportunidad para hacer algo realmente bueno, tan solo había ego falsamente revestido de humildad, envidia tintada de bonitos colores.

Después de cagar, se puso camisa y corbata y asistió a una teleconferencia de su empresa, a las nueve y media en punto. Tenían que discutir cuál sería la situación durante y después de la pandemia para amoldar el marketing al consumidor. Necesitaban algo que entrara directamente por los ojos, hurgara en el cerebro y liberara las endorfinas del potencial cliente al hacerle descubrir una nueva necesidad. Miguel estaba en el escalón más bajo de la pirámide jerárquica de la empresa, pues era un novicio soltado al ruedo de la competencia. Y aunque en lo teórico sentía repugnancia por aquel microcosmos, había sudado sangre para adquirir el título que lo había colocado en esa primeriza posición. También le daba un sueldo base, mil cien euros al mes, que le permitía vivir de alguna manera. En su pueblo asturiano podría haber vivido holgadamente, pero no en la capital, en el centro artístico del país, en el nido de las mentes brillantes, donde con el vermú brotaba la creación, y con la caña, la buena vida. Así que su piso de mierda era sólo un estado transitorio hasta que pegara el petardazo económico e intelectual, y entonces tendría una casa lujosa y acomodada donde beber brandy en vasos bonitos, y sería el centro de todas las miradas por fin, porque él, o Él, El Creador, vendería sus obras a cambio de buen brandy y tabaco de pipa, y todos los que un día le ningunearon matarían por compartir unas palabras con él. Pero ahora estaba en una conferencia sentado en la silla más barata de Ikea y más abajo de la camisa ni siquiera llevaba pantalones. Mientras hacían brainstorming, Miguel repasaba alguna idea filosofo-artística que desarrollar. La dicotomía de su atención le propició un fuerte dolor de cabeza.

Acabó así la conferencia, y con ella su jornada laboral, y con ella un nuevo comienzo: la creación. Pero toda creación requería de una planificación, y toda planificación de una idea. Y todavía no tenía la idea. Y sin idea sólo quedó la intención. Pero con intención y sin ideas sólo brotó la confusión. Confusión que fue interrumpida por el crujir de su estómago. Mejor posponer el trabajo creativo a después de comer. Rebuscando en su despensa cogió cualquier cosa: un bote de alubias y otro de pisto, ambos a la olla, y ya caliente devoró con rapidez su plato. Habría sido el momento de crear si no fuera por la sangre que se acumulaba en el vientre dejando la cabeza en blanco. Así que mejor dormir un rato de siesta y después ponerse a ello con fuerzas renovadas.

En cuanto hubo cerrado los ojos, una alarma se disparó en su consciencia, alertando de que no había dado señales de vida en ninguna red social. Si quería renacer como el portador de una grandísima idea, primero necesitaba una imagen, una presencia que sólo podía ser virtual en cuarentena. Eso lo tenía ya claro. Rápidamente agarró el móvil e, intentando sacar alguna conclusión precipitada pero coherente, tuiteó sobre lo que había escuchado esa mañana de Pedro Sánchez. “Ahora viene el lastimero de Sánchez a decir que vamos mejorando… ¡Si se hubieran implantado las medidas a tiempo ya lo habríamos hecho! Espero la dimisión cuando pase todo esto. Disfrutad lo votado”. Satisfecho, cerró los ojos y se durmió.

La misma alarma estridente lo despertó de su plácido sueño, donde su mente podía volar libre y sin presión. Pasados tres segundos de vigilia, cayeron sobre él todas las responsabilidades que tenía que tomar como ciudadano ejercitado y potencial artista en cuarentena. La creación se estaba tornando en una oscura obligación, etérea y, a priori, inalcanzable. Además, aún tenía que hacer deporte, o se echaría a perder para la llegada del verano. La tarde de cardio de marzo era indispensable para disfrutar agosto. Pensando en todo esto, sintiendo el peso del quehacer, durmió sin querer una hora más.

Al entreabrir un ojo le invadió una sensación de desesperación al sentirse tan limitado por su propio cansancio. Perdiendo la inocencia del sueño, del olvido y la acción espontánea, Miguel tuvo forzosamente que pasar del nirvana inducido a su cuerpo pesado. Ni siquiera sabía si era por la mañana o por la tarde, hasta que agarró de nuevo el móvil para comprobar la hora y repasar sus notificaciones del WhatsApp. Su madre le proponía un ciber-vino. Seguramente había encontrado la excusa perfecta para beber a las cinco de la tarde. “Hoy no puedo, estoy ocupado. Besos”. Fue al baño y, contemplando indiferente el chorro de pis chocar turbulentamente contra el agua del váter, batiéndose y mezclándose con violencia, trató de meditar sobre su tarde. Se sentó en el sillón de su casa y pensó en qué hacer. De nuevo veía historias de Instagram y ojeaba Twitter.

“Joder, Miguel, concéntrate, hostias”. Con el labio torcido y la mirada perdida, cruzado de piernas, se daba golpecitos en la rodilla buscando una idea abandonada, quizá surgida de algún paseo anterior, o una de esas ideas búho que nacen cuando estás a punto de dormir y caen para siempre en el olvido. Algo que retomar, cualquier cosa, un atisbo de inspiración. Barrió con la mirada el salón entero, buscando hechos, vivencias, pensamientos que poder plasmar de manera abstracta y absurdamente poco comprensible en su futura obra esotérica y elevada que colmaría la copa de su orgullo. Contempló el sofá polvoriento, donde hace dos semanas se atragantó con un burrito. Las grandes ideas también atragantan y ahogan si no se mastican bien. Luego la televisión cúbica, deprimente. La nostalgia del pasado, o la amarga tristeza de un pasado negro. Ridículo. Cayeron como plomo los minutos con los golpecitos en la rodilla. “Vale”, pensó, “esto es que no funciona así. No puedo buscar ideas, claro que no. ¡La idea ha de acudir a mí!” Levantándose con ímpetu, agarró su portátil como si un soldado determinado agarrara su rifle para irse al frente de guerra, lo abrió, más seguro que nunca, y empezó un documento en Word. Volvió a torcer el morro.

Bien, ya está. Lo difícil estaba hecho. Ahora surgiría la magia. Y empezó a escribir. <<Lloran tristes las golondrinas…>>. “No, no. Qué coño van a llorar las golondrinas. Además, por qué hablo de golondrinas. Puto Bécquer. Venga Miguel, joder, ten personalidad”. <<Se quiebra triste mi alma dolorida…>> “Uf, qué intenso. No”. <<Sopesa mi cabeza una nube gris>> Y volvió a borrar. No supo qué decir, qué escribir, y decidió no escribir nada hasta que no estuviera seguro de lo que poner.

Así empezó Miguel a impacientarse, pues tenía todavía que avanzar trabajo y hacer deporte. La cabeza de este pobre hombre estaba a punto de estallar. En el papel virtual, la barrita vertical de Word aparecía y desaparecía, impaciente en su parpadeo a que Miguel escribiera algo, lo que empezó a ponerle de los nervios, pero no más que el doloroso blanco clínico que brillaba en su pantalla, clavándose en sus córneas, retorciéndose en su cerebro, agujereando lo más profundo de su ego. Torció el morro, otra vez. Cerrando los ojos, tomó una buena cantidad de aire y la contuvo dentro, esperando a que su corazón decelerara un poco el ritmo. Exhaló. Inspiró. Exhaló. La expresión del rostro tornábase relajada. “Bueno, dejemos para mañana lo de escribir”. Ahora que hubo abandonado mentalmente su misión poética, esperó un poco más, con la vista fija en el blanco de Word. Se autoconvenció de que ya no iba a escribir, pero en sus adentros conocía la mentira de su pensamiento. Realmente engañaba a su esquivadiza inspiración para que apareciera, como si de un mosquito se tratara, que aparece cuando dejas de buscarlo. Pero no llegó nada. Y consciente del patetismo de su actuación, cerró Word y abrió Chrome, ‘ventana de incógnito’, y tecleó pornhub en la barra del navegador, mientras se bajaba los calzoncillos con la otra mano.

Los últimos suspiros de un sol enrojecido brillaban allá detrás de los edificios. Miguel observaba desde su ventana, chupando un cigarro, la puesta. Pese a estar en plena urbe, delante de su edificio una ancha calle se abría como el Mar Rojo, siendo Moisés el Sol, enfrentando a Miguel con la fuerza de la creación humana. Ya no pensaba, ni siquiera estaba resignado o enfadado. Tan solo sentía una vaga lástima, una fina capa de pena que le envolvía de pies a cabeza. Como atrapado en una telaraña, permanecía inmóvil, marmóreo, bajo el arrebol. Pasaban las nubes, majestuosas, como montañas purpúreas peregrinando el cielo. Y qué inmenso, qué inabarcable era la estampa celeste. Quiso atrapar con la vista todo su diámetro, hacerlo únicamente suyo y no compartirlo con los entorpecedores edificios; quiso, desde su ventana, ser el único espectador de un espectáculo colosal sobre un escenario infinito. Pero los edificios no se iban a mover, y ahogó su pena en el humo de otra calada.

No le gustaba fumar. Pero le encantaba fumar. Quería dejar de fumar. Pero es que fumar le hacía sentirse un artista frustrado, lo cual excusaba sus fracasos creativos. La parte mala es que era dependiente. Pero tampoco le gustaba masturbarse: le revolvía la conciencia. Se sentía, al fin y al cabo, sucio y fraude. La caída del sol ya había dado paso a la noche mientras él seguía ahí varado, quién sabe por cuánto tiempo.

Se acostó sin cenar, sin haber llamado a su madre y sin haber hecho nada más que comer, cagar, trabajar, frustrarse y masturbarse.

A través de la ventana abierta, bien entrada la madrugada, las calles rezumaban un silencio vibrante, sordo, y la limpia brisa que se colaba en la habitación auguraba calma. Se estiró en la cama, sintiendo el tacto de las suaves sábanas y el peso del edredón protector. Cerró los ojos y suspiró hondo. Ya no había nada que hacer. El siguiente paso era dormir, ergo no había siguiente paso, nada que requiriera una actividad voluntaria. Aunque se prorrogara el duro proceso creativo a la mañana siguiente, sentía que por ahora se había liberado de un peso enorme.

Así fue sumiéndose en un sueño relajado cuando un fino “crac” sonó cerca de su oído. Pensando que se trataba de algún crujido de muebles, no fue hasta el segundo crujido cuando encendió la luz. En la pared, más allá de los pies de su cama, se dibujó una fina grieta que Miguel no recordaba haber visto antes. A cuatro patas desde su cama, estiró la cabeza lentamente para contemplarla más de cerca, cuando otro chasquido a sus espaldas le provocó un respingo. Todas las paredes estaban comenzando a resquebrajarse lentamente, rígidas como el cristal pero discretas en su fractura. Lo que comenzó como una pequeña raja se volvió un ancho boquete de un palmo, propagándose por las cuatro paredes y el techo, ramificándose y creando nuevas grietas. El edificio iba a desplomarse. De un sobresalto se levantó y resolvió en agazaparse debajo de la cama. Escondió la cabeza entre las manos y se acordó de su madre, y de Dios, y de su pueblo y del chocolate con churros en sus domingos de infancia, y en que nunca más iba a probarlos, ni a ver a su familia ni amigos, y en las cosas que tenía que decir, porque ahora quiso gritarlo todo, berrear hasta la médula, y gritó, gritó bajo el polvo de yeso que descendía formando finas hebras blancas, hasta que el grito tornó tos. Los delicados crujidos eran ahora rugidos que llenaban el ambiente de muerte. Se le iba a caer el techo ahí mismo, encima de la cama, y moriría aplastado por un escombro, y ese sería el fin de todas las cosas, porque más allá de uno no hay nada que exista, y el universo entero tocaría a su fin cuando el somier se doblara bajo el peso de una roca sobre la espalda de Miguel.

Y de pronto, el estruendo cesó. Ya no se oía nada más que berridos lastimeros bajo una cama polvorienta. Continuaron hasta que Miguel fue a coger aire y, en su propio silencio, abrió los ojos, extrañado. Había parado. Ya no se oía nada. ¿Estaba vivo? ¿Eso era morir? ¿Sería acaso un sueño? Se pellizcó la carne, y dolió. Parpadeó varias veces seguidas, y el escenario no cambió. Miguel Carrasco Fernández, se dijo, Miguel Carrasco Fernández, mi padre Julián Carrasco García, mi madre Olga Fernández Trueba, yo Miguel, Miguel Carrasco Fernández, y así repitió el nombre de todo su árbol genealógico hasta comprobar que todos eran correctos, que ni su memoria ni sus sentidos le fallaban, y que lo más probable es que hubiera sobrevivido.

Salió de la cama con cautela, sin dejar de desprotegerse la cabeza con las manos, y comprobó asombrado que el suelo no tenía grieta alguna. Las paredes y el techo tenían anchos boquetes, y sin embargo el suelo estaba intacto. Miguel, Miguel Carrasco Fernández, y su padre, Julián Carrasco García. De pie, se llevó la mano a la barbilla y valoró los daños de la habitación. Las grietas eran de unos quince centímetros y llenaban el cuarto. Era increíble, ilógico, que no se hubieran desplomado las paredes, que el piso entero no se hubiera derrumbado. Y ahora qué, pensó, no sé si esto tiene seguro, o si avisar al casero o directamente llamar a la policía y que avise a quien tenga que avisar. Valoraba Miguel distintas opciones cuando percibió unos puntos de colores más allá de las grietas, de todas ellas, en la desgraciada negrura que separaba los fragmentos de pared. Miguel tuvo que fijar la vista para distinguirlos del fondo negro.

A través de las brechas de la pared cientos de ojos plenamente abiertos, encendidos, como bioluminiscentes, con grandes iris redondos, verdes y azules, y pupilas negras tan estrechas como un punto. Un escalofrío le recorrió el espinazo, tensando su espalda como una tabla, tan recto él que parecía un poste. Devolviendo la mirada a todas las que pudo, sintió una extraña mezcla de incomodidad y cotidianeidad, como un animal de circo que no entiende por qué está situado en el centro de todas las miradas y, sin embargo, está acostumbrado a ello. Fue actor protagonista de un grotesco teatro. Con la lentitud de la incredulidad, sumada a la prudencia, colocó su mano en una de las rajas de la pared, intentando alcanzar los ojos que permanecían impasibles, y ésta cedió ante él como cera derretida. La luz penetró en la negrura, y las pupilas coloridas se retorcieron y mezclaron ansiosamente hasta perderse por completo.

Cayeron entonces las paredes enteras, y sobre el suelo de su habitación la arena arrastrada por el viento le picaba los pies; el aire seco de Madrid se volvió una atmósfera tan húmeda que el propio aire mojaba, y el olor a salitre era intenso. Miguel reconoció en seguida la vista: estaba en su pueblo de Asturias, acariciado por la brisa del viento y el murmuro de las olas. Diez metros cuadrados de suelo de losa sobre la playa. El miedo se disipó de un plumazo. Ya no pensaba en nada. Caminó hacia la arena, que cedía ante sus pies ligeros. “¡Corre que te pillo, nenaza!” a sus espaldas, y un niño corriendo con un boquerón muerto entre los dedos índice y pulgar, cogido con asco por la cola, a medio metro de sí. Y Miguel recordó en seguida: era el juego reglamentario cuando sus amigos y él encontraban pececillos varados en la orilla, asfixiados: a uno le tocaba cogerlo y los demás corrían. Si el desdichado pez tocaba tu piel, te tocaba quedártelo y perseguir a los demás. Miguel detestaba el juego. No podía soportar que un asqueroso pez putrefacto impactara contra su espalda, dejando una manchita de sangre en su piel que no era la propia. Peor era agarrarlo por la cola, rebozado en arena, muerto, con la boca terriblemente abierta, como si quisiera coger todo el aire del mundo, con los ojos desesperadamente abiertos, como si estuviera condenado a mirarlo todo, a no descansar jamás. “¡Te lo vas a comer!”, y Miguel corrió. Corrió con la velocidad de quien es perseguido por la condena. Más y más rápidos avanzaron sus piernas, que dejaron atrás los gritos del crío, cada vez más atrás, hasta que las amenazas dejaron de resonar a sus espaldas y empezaron a sonar bajo sus pies.

Antes de darse cuenta Miguel estaba surcando el cielo, corriendo en el aire, y echó la vista abajo. El niño, con el pececillo en la mano, seguía avanzando hacia delante, él solo, poco más que un punto negro en la vasta orilla blanca. Se le destensaron los músculos y echó un suspiro al viento. Estiró los brazos y surfeó las corrientes de aire, lleno de alegría, planeando entre las montañas, pasando a ras de agua de mar, abriendo la boca entre las nubes para saborearlas. Subió hasta lo más alto de la atmósfera, dejando muy abajo las montañas, el pueblo, tan alto que toda la tierra que ahora parecía estampada en una superficie lisa y el azul del cielo se oscurecía. Tanto, tan rápido, que el horizonte iba curvándose hacia fuera, como si fuera a reventar. En la bóveda celeste comenzaron a refulgir las estrellas del modo más intenso que había visto nunca. La luna parecía más cercana, más entera, luminosa compañera de vuelo. Allí se quedó estático, con los ojos bien abiertos, contemplando la maravilla del universo, del gigantesco espacio vacío, del firmamento repleto de intensas estrellas de muchos colores diferentes, azules y verdes y blancas, rojas y marrones. Con la cabeza sobre sus brazos cruzados, miró satisfecho el abismo, que en contraparte le devolvió la mirada de la manera más perversa.

En cada uno de los puntitos que formaban las estrellas lejanas se dibujó una esfera alrededor, y luego dos curvas, arriba y abajo, que hacían a su vez de párpados, llenando el oscuro cielo de ojos expectantes. Lo dulce se volvió pesadilla, y la entrañable soledad, agonía. Bajo el atento escrudiño de los mil ojos, Miguel se retorció intentando escapar, pero en el vacío no supo moverse. Daba inútiles brazadas hacia la Tierra, agitándose en el vacío sin desplazarse, como un boquerón varado. Las miradas permanecían pacientes, en todas direcciones, casi burlonas al ver a un hombre moviéndose ridículamente en el espacio.

Miguel se esforzó por gritar en desesperada señal de socorro, pero los gritos no salían. Notaba su garganta vibrar hasta el desgarro, pero no oía nada. Hasta que las exhalaciones se volvieron jadeos; respirar se estaba volviendo más difícil. Seguían ahí todos los ojos, observando la demencial escena con una mirada mortuoria, de indiferencia ante el fatal destino del hombre. Algunos parpadeaban con lentitud y volvían a abrirse como un orbe, sin vacilar. Miguel dejó de moverse. La falta de oxígeno apretaba sus pulmones con una fuerza angustiosa, presionándolos hasta casi notar cómo se salían del pecho, y se agarró fuertemente el cuello enrojecido e hinchado buscando una sola bocanada de aire que destensara todos los órganos, con lo que su vuelo se debilitó, terminando por caer al infinito del que había partido. Los ojos quedaron arriba, cada vez más lejanos, hasta perderse en el azul del cielo. Caía de espaldas a una velocidad vertiginosa, pero pudo empezar a respirar de nuevo. Justo antes de estamparse contra el suelo de la playa, éste pareció retorcerse y voltearse ciento ochenta grados, de manera que ahora caía hacia el cielo, de nuevo hasta los mil ojos. Percibía todas las miradas burlonas diciéndole que iba a morir, y que era idiota y por idiota iba a morir destrozado. Volvía a girar ese pedacito de nada para hacerlo descender hasta el suelo. La sensación de vacío en el estómago le empujó todos los jugos gástricos a través del esófago, agolpándose en la garganta. Nunca dejaba de caer, volteándose siempre el suelo y el cielo, y él sin llegar a tocar ninguno. Nunca al fondo, nunca a lo más alto, pero siempre en caída libre. Vomitó en el descenso y los deshechos cayeron con él. No era más que un pedazo de carne al viento, sin voluntad ninguna. La resistencia del aire comprimía con fuerza todas sus vísceras, y si no fuera por la sangre que aún corría difícilmente por sus venas, en nada se habría diferenciado de un meteorito. Pero todavía los latidos del corazón golpeaban el esternón. De su sangre hizo un refugio, porque estaba vivo y por ella lo seguiría estando. La piel, paredes muertas. La sangre, su néctar. Una carcasa cayendo, un blando cofre del tesoro sin llave. Y Miguel sintió una extraña paz, porque ya estaba hecho; sea lo que fuere ya estaba todo hecho. No había siguiente paso. Sonrió satisfecho, y algo le dijo que había ganado la batalla contra los ojos, contra todos los ojos, porque había sonreído en su desgracia, y aún se tenía a él en la caída. Era un superviviente. No importaba ya que tocara el suelo, o que el abismo lo tragara con sus negras fauces, porque él había ganado y el resto no importaba. La sangre se concentró en la cabeza, presionándola como un casco, y en los oídos un fuerte pitido fue amortiguando todos los sonidos, hasta que el suelo y el abismo se perdieron en el mismo negro.

El cosquilleo de una mosca explorando su nariz le despertó. Apenas pudo mover los músculos oxidados, densos como el plomo. Los tenía hechos polvo. Yacía estirado sobre un mullido colchón húmedo. Le picaba todo el cuerpo, pero pesaba demasiado como para rascarse. Pudo notar el tacto de la hierba en sus manos, las finas y picudas briznas doblarse contra la piel de sus brazos. Atolondrado, se incorporó y oteó su alrededor. Un punzante dolor de cabeza le aguijoneó la sien. Era una noche alumbrada por la luna en cuarto menguante. Estaba en una explanada entre montañas. Allá, a lo lejos, podía vislumbrarse el mar. Las vacas pacían con contagiosa calma en la noche, y la brisa fresca mecía la verde alfombra del monte. Miguel inspiró profundamente. Le dolían los pulmones. Tosió. Después, sólo el silbido de un viento suave y las campanas del venado. Echó la vista arriba. Cientos, miles de ojos continuaban abiertos en circunferencias perfectas, fijas en él.

Miguel se levantó de un sobresalto. Mirándolas todas, cerró los puños y las maldijo. Luego echó a reír con nervio y las continuó maldiciendo a gritos. Dándose media vuelta, se bajó los pantalones y enseñó el culo. Continuó mirándolas. Ahí seguían ellas, indiferentes. Se iban a enterar. Repasó la falda del valle buscando una buena piedra que hiciera de proyectil fulminante. Iba a reventar todos los ojos a pedradas. Agarró una, lo suficientemente pesada como para hacer daño y lo suficientemente ligera para recorrer mucha distancia. Preparó el tiro, calculó mentalmente la trayectoria y la lanzó con todas sus fuerzas. La piedra ascendió unos cinco metros hacia el cielo y, con la misma suavidad, bajó hasta impactar contra el suelo, justo enfrente de Miguel. Un leve “chas” y, luego, silencio absoluto. Miguel fijó la mirada en la piedra, con asombro y decepción, sin entender muy bien qué acababa de pasar. Echó a reír con fuerza. Era patético. La carcajada resonaba en todo el valle y volvía a sus oídos como un eco. No podía parar de reír. Reía y tosía. Lanzar una piedra contra el cielo… era realmente imbécil. Se agarró el vientre dolorido de tanto espasmo, e intentó acallar su risa para dejar de sufrir. Pero no pudo; rio hasta que no pudo más bajo un cielo espectador.

Cuando la risa se hubo atenuado se sentía físicamente agotado, así que se echó en la hierba y se estiró en ella. Alguna risilla le nacía todavía del diafragma y moría en un suspiro. Cruzó los brazos bajo su cabeza a modo de almohada y contempló el cielo, todavía repleto de miradas, aunque ya no les prestaba atención. Sonreía recordando lo estúpido que había sido, y recordó el boquerón, el pobre pececillo, y sintió una ligera lástima por él, hasta que se durmió.

Ahora en el cielo todos los ojos cerraron los párpados con sutileza, dejando tras de sí un puntito brillante. Bajo la luna cayeron, una a una, como descolgándose de la bóveda celeste, millones de estrellas, aterrizando delicadamente en la hierba como mero polvo blanco y brillante.