Pensamientos del ser

Pienso, luego existo. Aquí o allá, pero existo. Nada nos confirma que la experiencia sensible que nos llega de nuestro entorno sea la realidad, pero sin embargo existimos. Sea esta la verdadera realidad o no, es un hecho demostrable que somos. Por tanto, si este mundo sensorial que nos rodea no fuera real, tendría que haber algo más allá que provocara que tanto ésta como nosotros podamos regocijarnos en la experiencia del ser. Algo parecido a lo que ocurre en Matrix. Quizá la simulación no sea la realidad, pero hay algo que provoca dicha simulación que sí conforma una realidad objetiva. Sin entrar en más detalles, pues es tema de otra índole, podemos confirmar que la realidad existe y nosotros, de un modo u otro, somos parte de ella.

Dentro de mi experiencia de realidad, soy hombre; soy persona. He nacido (mi ombligo es una prueba no muy rigurosa de ello), y vivo. Ergo soy mortal, por lo que moriré en algún momento. Todos los estímulos que recibimos en vida son experiencias para con el ser, pues somos y no dejaremos de ser hasta que nuestro corazón deje de latir. Lo que pase luego nadie puede confirmarlo. Dentro de nuestro vivir sensorial buscamos aquello que nos contraponga y nos haga evolucionar cualitativamente. Igual que en la dialéctica, donde la tesis se contrapone con la anti-tesis para alcanzar algo mayor. Dos moléculas de oxígeno y una de hidrógeno no son nada si no se juntan para, tras dicho salto cualitativo, formar el agua y crear vida. Cuando dos personas se juntan, trascienden cuando se sienten y alcanzan un estado superior al de ambas partes por separado. Así, buscamos en nuestro entorno aquello que nos sea favorable para nosotros mismos, que nos haga evolucionar de un modo u otro, hacia una dirección u otra. Lo contrario sería absurdo. Ninguna gacela va directamente a los dientes del león y, si puede, se moverá en manada con el resto de sus compañeras. No conozco presa que no huya de su depredador (excepto, quizá, el ser humano). A nadie le gusta tener experiencias que sean mortales con certeza. ¿Jugarías tú a la ruleta rusa sabiendo que el tambor del revólver está enteramente cargado?

El motor que nos mueve para crecer, explorar y asentarnos, no es otro que el miedo a lo desconocido, o al no-ser. Vivimos porque morimos, hecho puramente biológico que se puede extrapolar a sentidos más trascendentales. En vida tratamos de encontrar las experiencias que nos hagan sentir vivos, aunque ello suponga rozar la muerte con los dedos de los pies. La muerte, el temor al desconocido, lo impactante del no-ser, es el motor que mueve nuestros pies a la hora de hacer planes una tarde, leer un libro que nos haga cambiar o darnos un abrazo. Queremos ensalzar nuestra figura en vida, porque de manera inconsciente sabemos que nuestro tiempo es limitado y tenemos que aprovecharlo de algún modo. Cuando tenemos sexo, bien buscamos la unión y el salto cualitativo, o bien reafirmar nuestra figura dándole placer al cuerpo, sintiéndose empoderado, alcanzando aquello que es sinónimo de vida y nos aleja de la muerte. Queremos sentir que controlamos todo con este ensalzamiento y, mirándolo con lupa, no somos sino nosotros siendo controlados por nuestros miedos.

Pese a lo pesimista del texto, no quiero que sea esto tratado con amargura. Si es cierto que estamos condicionados por el simple hecho de estar vivos y ser mortales, ¿por qué iba a ser esto un inconveniente? Si nos dejáramos llevar por los sentimientos de angustia vital dejaríamos todo porque nada tendría sentido. Esto no sería fatalista y derrotista, sino un completo despropósito. En la vida hay que tomar todo aquello que reafirme que estás vivo, nadar a contracorriente si es necesario, volar en parapente o revolcarte en la hierba que crece y te da el oxígeno que necesitas para vivir. Tener miedo a la muerte, directa o indirectamente, no es motivo para dejarse vencer por ella, sino una fuerza que te impulsa a querer superarla. Así funcionamos los seres vivos; luchamos contra un destino fatal y morimos como verdaderos héroes de nuestra propia existencia. Mientras el corazón lata, todo lo que nos rodea son pruebas de que estamos vivos, que sentimos, y que somos. No hay nada más bonito que ser, aunque sea durante un cortísimo período de tiempo en contraposición a la edad del universo. La vida es el cénit de la creación del cosmos, un clímax que dura toda nuestra vida y que nos lleva a querer expresar, querer hacer arte, querer experimentar, querer amar.

La vida no debería estar hecha para otra cosa más que para demostrar no solo que estamos vivos, sino que somos seres extraordinarios.