Sobre la experiencia de Dios y la geometría secante

Habiendo nacido en el seno de una familia creyente y medianamente practicante que nos llevaba, a mis hermanos y a mí, a misa los domingos de infancia; habiéndome educado desde los tres hasta los dieciocho años en un colegio católico; habiendo realizado la primera comunión con su previa catequesis, a mi mayoría de edad concluí que no creía en Dios. Es más, negaba Su existencia. Tras años teniendo a Dios presente día tras día escuchando relatos bíblicos, la bondad de Dios, que se expresa a través del amor, de Su Ser hecho hombre en Jesucristo, de los milagros de éste último, del cielo y del infierno, deduje en mi adolescencia que las parábolas cristianas se sostenían en un imposible. Al ir en contra de las leyes de la naturaleza, simplemente no tenían sentido. Mi fuerte creencia en la ciencia y en el empirismo no dejaba hueco a las fantasías cristianas. La resurrección de Lázaro, la conversión del agua en vino, la multiplicación de los panes y los peces, la divina concepción, la separación de las aguas del Mar Rojo por Moisés, y demás relatos del Antiguo y del Nuevo Testamento me sugerían (y me sugieren) lo mismo que los cuentos de Andersen o los hermanos Grimm: relatos fantasiosos e interpretables con moraleja.
Dios, para mí, estaba íntimamente ligado al cristianismo y a la Iglesia. Revisando la idea que se tiene del Dios cristiano, me pareció incomprensible no sólo que «permitiera» el mal en el mundo, sino que nos hubiera dotado de la capacidad de no creer en Él con consecuencias negativas en la vida terrenal y extraterrenal. Si Dios es Bien, por qué sufro, por qué me da la opción de dudar y, además, por qué me castiga si no soy capaz de creer. Era la prueba necesaria que necesitaba para pensar que Dios no podía existir. Y si existe, entonces era un Dios experimentador, con la crueldad que eso implica. Una cita de Hume que leí más adelante expresa muy bien esta idea:

¿Tiene Dios voluntad de prevenir el mal, pero no poder para ello? Entonces es impotente. ¿Tiene poder para ello, pero no lo desea? Entonces es malévolo. ¿Tiene poder para ello y lo desea? ¿De dónde proviene, entonces, el mal?

Fue poco después cuando me di cuenta de que no estaba realmente negando a Dios, sino a la imagen católica y ortodoxa que de Él se tenía. Dios podía existir, pero los artificios que habían construido en torno a su figura eran de plástico.             
En el Concilio de Nicea I, en el siglo IV, cerca de trescientas figuras religiosas se reunieron para asentar las doctrinas básicas de la religión cristiana por primera vez en la Historia. Fue entonces cuando el Nuevo Testamento pasó a estar constituido por cuatro evangelios canónicos, ignorando el resto de textos recogidos acerca de la figura de Jesucristo, por ejemplo. Más de novecientos manuscritos fueron hallados a mediados del siglo pasado en Qumrán, aumentando la vasta colección de evangelios apócrifos ignorados. También fueron los mismos trescientos hombres quienes sentenciaron la veracidad de la Inmaculada Concepción o la Santísima Trinidad. Todo lo que la Iglesia comulga como verdad indiscutible a día de hoy no es más que acuerdos pactados entre pocas personas hace casi veinte siglos. ¿Y dónde quedaba Dios, realmente, detrás de todos estos adornos acordados por hombres? La cuestión sigue abierta.

Más tarde adopté una postura más humilde acorde a mi condición humana ignorante: era imposible negar a Dios. Para mí el ateo y el creyente eran, en esencia, la misma cosa. Mientras uno dice «Dios ni existe ni puede existir», y el otro afirma que «Dios existe, y es Creador del Cielo y de la Tierra», ambos tienen en común el reconocimiento de Dios como Sujeto. Y el reconocimiento de un concepto que, por definición, es inabarcable para nuestra razón, me pareció sencillamente absurdo. Así pasé a ser un completo agnóstico: como no lo sé, y sé que es imposible saberlo, me callo. Sí abandoné, por otro lado, la imagen que el cristianismo ortodoxo y católico me habían inculcado acerca de Dios.

Habrá quien diga que no puedo pensar a Dios (a nuestro Dios occidental, al menos), que no puedo encerrarme en la categoría del pensamiento y tratar de observar desde este limitado marco mental, porque Dios sólo es palpable a través de la fe, que es una manifestación del sentimiento, no de la razón. Como hasta la fecha no he sentido nada, tampoco puedo opinar al respecto.       
Habrá otros que digan que la Naturaleza es demasiado compleja y perfecta como para ser causa del azar, y necesariamente requiere de una mano creadora. Opino que puede ser que la haya habido, porque no les falta razón, pero también opino que si no fuera así de perfecta y compleja no tendríamos la capacidad de cuestionarnos su complejidad y perfección, por lo que la pregunta es, de algún modo, redundante. Es decir, si puedo pensar en Naturaleza, y en el yo, ha de ser porque la Naturaleza me ha hecho de tal modo; y si no fuera así, no podría hacerlo. Es cuestión de suerte.
Y habrá quien diga, por contraparte, que Dios no tiene cabida en este mundo, porque las cuestiones fundamentales se están resolviendo a través de la Ciencia, destronando las antiguas creencias, como puede ser el motivo de las lluvias o el misterio de la vida. Y yo opino que sí, que también tienen razón, y que gran parte de aquello que se le atribuía a Dios (o a los Dioses) tiene una razón de ser lógica y bien argumentada. Pero también soy consciente de los límites científicos, de todo nuestro desconocimiento, y de nuestra condición de monos evolucionados. De hecho, creo que es anticientífico cerrar puertas a aquello que no se ha demostrado como falso. Por ejemplo, los fenómenos sobrenaturales o paranormales. No creo en ello, pero tampoco tengo las herramientas para no creer.

Así pasé algunos años sin darle mucha más vuelta de tuerca, teniendo toda cuestión su tesis y anti-tesis. Ninguno de los argumentos me pareció suficiente para probar o desmentir la existencia de Dios. Respetando tanto a los creyentes como a los ateos, me coloqué en posición neutra en cuanto a la fe.

Hasta que leí los diarios de Tolstói, edición Acantilado, y ‘Confesión’, también de Lev Tolstói. Siendo él profundamente creyente, opinó que la Iglesia estaba equivocada en el mensaje de Dios: se había malinterpretado y ensuciado. La fundación de un movimiento de pensamiento propio religioso basado en una fe personal (movimiento tolstoiano) le valieron la excomunión por parte de la Iglesia ortodoxa rusa.

Comenta L. Tolstói, en sus diarios del 19 de marzo de 1901:

El ateo dice: no conozco a Dios, no tengo necesidad de esa noción. Decir eso es como si un hombre que va navegando en un barco en el mar dijera que no conoce el mar y que no tiene necesidad de esa noción. Ese infinito que te rodea y en el que te mueves, las leyes de ese infinito, tu actitud hacia él, eso es precisamente Dios.

En ‘Confesión’:

[…] los conceptos que identifican lo finito con lo infinito, a través de los cuales percibimos el significado de la vida y las ideas de Dios, libertad y del Bien. […] estos conceptos no se sostienen a las críticas racionales.

En el libro ‘De lo finito a lo infinito’ Peter Lippert, sacerdote y teólogo jesuita, se acerca a esta idea de Dios como nexo entre lo finito y lo infinito.

También me llamó la atención la prueba de la existencia de Dios que Descartes expone en sus ‘Meditaciones metafísicas. En ellas, Descartes analiza el origen de la idea de Dios, concluyendo que no puede ser adventicia (procedente del mundo externo), pues no es recibida por los sentidos. Tampoco facticia (creada por mí), pues yo no puedo ser la causa de la idea de Dios, dado que la realidad formal (mi pensamiento; causa) tiene menos dignidad ontológica (menos «perfección») que la idea de Dios. En otras palabras: no puedo pensar en algo más perfecto, más absoluto, y digno que yo mismo. O, con un ejemplo, nunca un cuadro paisajista va a ser más perfecto que el propio paisaje. Luego la idea de Dios ha de nacer conmigo y, por tanto, debe de haber sido puesta en por alguien que tenga tanta realidad formal como realidad objetiva tiene la idea misma: Dios. Necesariamente, en consecuencia, Dios ha de existir, siendo nosotros «su mejor producto».

Así comencé a darle vueltas a la idea de Dios, olvidando el Dios cristiano, o el de cualquier otra religión, para tratar de intuir el concepto, o parte de él, a través de estos escritos.

La primera cita habla de un entorno, de un «infinito que te rodea y en el que te mueves». La segunda, junto con la de Lippert, de una interacción, de un puente entre lo terrenal y material, lo tangible y voluble, lo perecedero y finito, con el infinito, con la perfección, con la idea. La tercera, de Dios en y a través de mí. Pero todas vienen a decir lo mismo: Dios existe a través de la experiencia en el mundo, y ésta se percibe a través de mí.

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Para ilustrar esta idea y sacar algo más en claro pensé en geometría: lo finito y lo infinito. Lo infinito bien podría ser una recta, sin principio ni fin. Lo finito, la recta que se curva sobre sí misma para formar la unidad: la circunferencia. El círculo es la línea con curvatura constante que conecta consigo misma, encerrando un conjunto. La circunferencia encierra el vacío.

Me gustó esta idea, además, porque todo objeto se puede representar a través de líneas y círculos. Quitando el impacto que ha tenido sobre nosotros el círculo y la línea (ver el capítulo “Sobre la línea”, de ‘Escritos sobre arte’, Peter Halley), es un hecho matemáticamente cierto que cualquier forma puede ser descompuesta en una serie de círculos y líneas. Fue Joseph Fourier quien demostró esto mismo a principios del S. XIX. Es decir, toda función f(t) integrable en un cierto intervalo [-T/2,T/2], cumple

A través de la expresión anterior se puede representar cualquier curva, cualquier dibujo o cualquier pintura con un número infinito de círculos y líneas que dan vueltas sobre su propio eje. He aquí un ejemplo visual con 10, 20, 30,…,300 círculos.

Aunque parezca un baile caótico, fijándose bien uno ve que cada círculo da una vuelta completa alrededor del centro del círculo anterior. Es un baile perfectamente coordinado.

De la línea y el círculo se hace la forma. En primera instancia, todo objeto es expresable a través de la línea y el círculo. Así justifico el uso del círculo como unidad finita y línea como infinitud.

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Podemos pensar en nuestro cuerpo físico como línea. Aunque pueda parecer contradictorio, pues nuestro cuerpo muta, envejece, perece y es material, la materia elemental de la que estamos formados, protones, neutrones (quarks) y electrones, es tan vieja como el Universo mismo. Y es sencillo convencernos de esto.

El Universo, en su conjunto entero, es un sistema cerrado. Es decir, que sepamos, no interacciona de ninguna manera con nada exterior a él. Por tanto, la energía que liberó el Big Bang es la misma energía que el Universo, en toda su totalidad, contiene ahora mismo. Sabemos, además, que la energía ha de conservarse, pues no hay fuentes globales que creen energía de la nada ni sumideros energéticos que la hagan desaparecer. Y la energía es una especie de moneda de cambio entre fenómenos físicos y procesos que hacen posible que éstos ocurran.            
Por otro lado, Einstein demostró que masa y energía son esencialmente lo mismo (su famoso E = mc2) Por lo que la materia que existe ahora mismo ha existido siempre. Desde el Big Bang (de dónde procede esta energía es otro asunto). Después del Gran Estallido se formaron átomos de hidrógeno, helio y algunos de litio. Un conglomerado de estos tres átomos dio lugar a las primeras estrellas.

La vida de una estrella se rige por un balance continuo e igualado entre la fuerza de la gravedad, que «comprime» la estrella, y reacciones de fusión nuclear que ocurren en su núcleo, que «expande» la estrella. El balance es estable hasta que el combustible se empieza a agotar. Cuando esto ocurre, las capas externas de la estrella ya no tienen «fuerza» para contrarrestar la gravedad, cediendo finalmente ante ésta. Entonces la estrella cae en caída libre hacia sí misma. Un golpe de tal magnitud (imaginad toda la masa de una estrella cayendo cientos de miles, hasta millones, de kilómetros contra su propio núcleo) puede acabar en una explosión colosal: la supernova. Pero más importante: en el preciso momento del choque, se crean condiciones de presión y temperatura tan altas que los átomos se fusionan entre sí creando otros nuevos elementos: oxígeno, carbono, nitrógeno, azufre, etc.                                               
Teniendo en cuenta que somos principalmente oxígeno y carbono, es verídico el hecho de que estamos compuestos de los deshechos de la muerte de las primeras estrellas, que a su vez estaban hechas de la materia surgida en el Big Bang. Aun teniendo un «principio», es difícil saber con certeza si el Universo tendrá un final.

Reconozco así el carácter infinito de la materia, tan antigua como el tiempo mismo, y, en particular, de nuestra materia.

El cuerpo es línea. La materia es línea, porque ha existido siempre y siempre existirá. La línea es la representación conceptual que le doy al infinito; sin principio ni fin.

¿Y qué persona, qué ser vivo, es únicamente la materia que lo compone? Nuestro cuerpo envejece, muta y perece. Tenemos emoción, aprendizaje y consciencia. No somos sólo polvo de estrellas, sino experiencia y materia. La materia sólo tiene un sentido, una razón de ser, cuando entra en contacto con la experiencia.

La experiencia es común a todas las cosas. Pero la experiencia no se manifiesta por sí misma. En mi opinión, existen distintos grados o categorías de respuesta a la experiencia.       
La experiencia precede a la respuesta corpórea, física. Si exponemos una piedra a altas temperaturas, los electrones de sus átomos adquirirán energía térmica, con lo que comenzarán a moverse y a chocar entre sí produciendo el calentamiento de la piedra. La respuesta corpórea no es otra cosa que la manifestación de las leyes de la naturaleza; es decir, causa-consecuencia. Es en la respuesta corpórea donde la experiencia se manifiesta: en la cosa, la experiencia es la causa y la respuesta es la consecuencia. Percibimos la experiencia a través de la respuesta corpórea.              
A la respuesta corpórea le sigue la respuesta instintiva, fisiológica. Aquí se entra en el reino de lo vivo. Los organismos con respuesta fisiológica reaccionan ante el entorno a través de los procesos necesarios que garanticen, en general, su supervivencia. Se diferencian de la piedra precisamente en la reacción. Ni una planta ni una célula son piedras porque existe una respuesta que busca la perpetuación de la especie.         
A la respuesta instintiva le sigue la emoción. La emoción es una respuesta más compleja que la fisiológica: necesita un cerebro en el que manifestarse. La emoción es exclusiva del reino animal, y se expresa a través del sentimiento.      
La emoción antecede a la atención (la curiosidad es una consecuencia de ésta), y de la atención sigue el aprendizaje. Hasta este eslabón llega el animal no-humano. Así lo demuestra la campana de Pavlov, por ejemplo.
El aprendizaje es escalonado, tiene diferentes grados. El primero de ellos es la memoria. Es en la memoria donde se pierde el determinismo de la respuesta para dar paso al libre albedrío: la respuesta está condicionada por una elección. Del recuerdo, que va asociado a una emoción, un sentimiento, le sigue el lenguaje. Hasta aquí llega el animal no-humano. No necesariamente el animal no-humano es no-racional: existen especies que, con una razón básica, han conseguido ahondar en el aprendizaje. Los cetáceos, por ejemplo, tienen un sistema de lenguaje primitivo a través del tacto y de ondas sonoras para comunicarse entre sí. Los delfines saben reconocerse en un espejo a edades muy tempranas: rozan la consciencia. 
Pero es el ser humano quien se sumerge en las capas del aprendizaje para producir el lenguaje complejo y fluido y, con ello, la comunicación. El ser humano hace del aprendizaje su fuerte. La sociedad, entendida como grandes comunidades unidas bajo una creencia común, no podría ser sin un lenguaje amplio y fluido.   
El último grado de respuesta es la consciencia, el conocimiento de la propia existencia, alcanzada a través de la razón. A través de la consciencia me sé finito, mutable y mortal. Ante mi propia finitud, yo soy capaz de tener noción de lo que existe, de lo que es. Dice Protágoras:

El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son y de las que no son en tanto que no son.

Es la consciencia, el último grado del aprendizaje, lo que me conecta con lo que es y con lo que no es. Y, aún más, soy consciente de la propia experiencia.          
Un círculo se cierra en el último grado del aprendizaje humano, conectándonos con el origen, con la idea de experiencia. Por supuesto, el campo de la consciencia es casi inabarcable: la noción y profundización en el yo es inmensa.

En suma, los distintos grados o categorías que distinguen una cosa de la otra, o, en otras palabras, los distintos niveles de profundidad en respuesta a la experiencia son: respuesta corpórea, respuesta fisiológica/instintiva, emoción, atención, aprendizaje: memoria, lenguaje y consciencia.
Lo fundamental es que la experiencia es el origen de todas las cosas y comportamientos.

Al contrario de la materia, la experiencia es finita. La experiencia y todo lo que le sigue necesita, por supuesto, un contenedor en el que ser. La experiencia no se manifiesta por sí misma. Le podemos otorgar un carácter autónomo sólo a la idea de la experiencia.   
La idea siempre es y nunca cambia. Es una estructura objetiva de la realidad. No tiene un espacio, ni ocupa ningún tiempo, pero existe. La idea, al ser idea, es perfecta en sí misma. Es intocable al no estar sujeta al devenir del mundo pero, a su vez, es finita. La idea es intensiva, no cuantificable, ni extensiva; es el fin en sí mismo. Cada idea es, en toda su totalidad, una.
Es una la idea de experiencia, igual que la experiencia materializada es una. La experiencia materializada es momentánea. No vivimos en una red de experiencia, sino que la suma de todas las experiencias individuales conforma la red en la que vivimos, del mismo modo que el océano no es una única gota extensa, sino que cada gota conforma el océano. Estamos en continuo contacto con la realidad sensible, y a través de la experiencia la percibimos. Pero no vivimos una experiencia eterna, sino la suma de todas las experiencias momentáneas. Por su propia definición, sería contradictorio una experiencia que durara eternamente.                  
Así, bien en la práctica, bien en la idea, la experiencia tiene un carácter finito.         

Es, entonces, el conjunto de la materia con la experiencia, provocando como respuesta el lenguaje y la consciencia, lo que nos hace humanos.

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Somos la unión entre lo finito (experiencia) y lo infinito (materia). Somos la línea que conecta con el círculo y se imbuye en él. Somos la geometría secante. Una recta secante es aquella que corta al círculo en dos puntos. Si lo toca sólo en uno, la recta es tangente. Nosotros no sólo rozamos la experiencia; es decir, no nos expresamos a través de la tangencialidad, sino que vivimos de la experiencia y nos sumergimos en ella. Viendo la figura siguiente, podemos pensar en el ser humano y en todo lo que existe.

La línea que no conecta con nada, previa y posterior a los márgenes del círculo, es la materia que existió antes de formarnos. Podemos verlo, en cierto modo, como una línea temporal. Venimos de la infinitud de la recta, y en nuestro nacimiento entramos en el círculo, conectamos con la experiencia y pertenecemos a ella en la misma medida en la que ella pertenece a nosotros. Morimos, cuando la materia que nos conforma abandona toda respuesta ante la experiencia, para continuar después siendo polvo. Es el contacto de la recta con el círculo, con la unidad, con la idea, con la experiencia, lo que nos hace ser.


Y desde nuestro escepticismo podemos preguntarnos: ¿por qué la línea que no está en contacto con el círculo es materia inerte, si la materia inerte también experimenta, también reacciona físicamente y, por ende, debería ser tangente al círculo? Por supuesto, la cosa en sí también es a través de la experiencia. Pero a nivel elemental, la materia está conformada por partículas subatómicas que no se rigen por las leyes deterministas de la física clásica: es el marco de la mecánica cuántica. El mundo de la mecánica cuántica está regido por la probabilidad: las partículas aparecen y desaparecen, dando saltos entre la existencia y la no-existencia, no tienen una posición definida sino que se encuentran en varios lugares a la vez, además de tener propiedades que no existen a nivel macroscópico: espín, helicidad, paridad, incertidumbre, colapsos de la función de onda, etc. Es el conglomerado de las partículas elementales lo que conforma la materia ordinaria. Y con ordinaria quiero decir que obedecen a las leyes de la física clásica. Así, las partículas elementales no obtienen una respuesta clara ante una experiencia. No existe, como tal, una respuesta corpórea bien definida: las partículas elementales, en este aspecto, simplemente son. Aunque sí es posible perturbar los sistemas cuánticos y conocer en detalle los efectos, no se conoce en esencia la naturaleza del mismo. Cuando las partículas elementales se juntan creando sistemas mayores y más complejos abandonan sus propiedades cuánticas y dan paso al mundo que conocemos (esta distancia límite es del orden de un nanómetro: 0,000000001 metros). La complejidad que se extrae de la mecánica cuántica, de la naturaleza en su nivel fundamental, es tal que existen interpretaciones oficiales todavía abiertas. 

(Como apunte, si a alguna querida tercera persona, o a usted mismo/a, lector/a racional, no le convenciera este argumento, bien podrían añadirse en la representación secante infinitos círculos tangentes a la recta antes y después de imbuirse en el círculo; en esencia, es lo mismo.)

Así, desde mi punto de vista, considero que la primera respuesta determinada, la respuesta corpórea, ante una experiencia la da el objeto macroscópico, el objeto clásico.

En la figura secante, el intervalo de recta (segmento) interior al círculo depende del punto de intersección. Si la recta pasa por el centro del círculo el segmento es máximo, con una longitud igual al diámetro. Si la recta sólo toca en un punto al círculo, es una recta tangente. La geometría tangente es inherente es las cosas inertes macroscópicas. El contacto en primer grado de materia y experiencia, la tangente, sería la respuesta corpórea de las cosas. Y es que la cosa inerte no tiene noción de ni de nada más. Es la experiencia de uno mismo, la experiencia del yo en sus distintos grados lo que nos hace entrar en el círculo de la experiencia.         
Así, en la representación de la geometría secante, cuanto más imbuida esté la recta en el círculo mayor es el grado de profundidad adquirido a través de la experiencia. La longitud del segmento es, realmente, una medida de sabiduría.
Alcanzar el centro y maximizar la longitud del segmento sería entrar en simbiosis completa con la idea a través del autoconocimiento. En este grado último, existe una plena noción del yo y del entorno. Entonces el cuerpo es sólo una carcasa, la materia que te compone, residiendo el yo en la Unidad, en la idea. Es abandonarse a la nada de la idea para poder abarcar todo lo existente: comprender la tangibilidad a través de la intangibilidad. Desde este grado de conocimiento uno es capaz de alterar la realidad para volverla en su favor. La materia y la idea, en balanza, quedan suspendidas a partes iguales e igualmente maleables, permitiendo jugar con ambas en la medida que convenga. Quizá los mayores sabios, como Siddhartha Gautama o Jiddu Krishnamurti, hayan conseguido acercarse a este nivel de autoconocimiento.

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Hasta ahora hemos hablado de lo finito y lo infinito y una conexión existente entre ambos. Se ha explicado qué es lo finito y qué es lo infinito, dónde se encuentra en nosotros y cómo conectan. Pero no se ha explicado el puente, el porqué.                                       
La manera en la que la materia adquiere experiencia, respuesta, emoción y aprendizaje; es decir, el puente entre lo finito y lo infinito, la intersección entre la recta y el círculo, es, para mí, la idea de Dios. Y por supuesto no doto a este Dios de ningún carácter divino. Puede ser que este puente sea simplemente un complejo entramado de procesos empíricos y cuantificables que se escapen a nuestro actual entendimiento. Contemplo dos opciones:

  • Dios es el propio sistema complejo que rige todo fenómeno. Es decir, Dios es el conjunto de leyes naturales o, yendo más allá, una sola Ley Natural que recoge todos los procesos. Buscando esta única Ley viven los físicos teóricos. Dios tendría, entonces, un carácter absoluto, determinista y «por descubrir». Es posible, como se ha venido haciendo estos últimos siglos, que la verdadera religión sea el cientificismo, y todo tenga un orden lógico. Entonces Dios no sería otra cosa que la forma en la que se expresa la naturaleza, y en ese caso estaríamos, con cada avance, desenterrando a Dios para descubrir el tesoro del orden natural del Cosmos.
  • Dios se esconde bajo toda esta complejidad como una inteligencia causal. Al avanzar en la ciencia, avanzamos en el descubrimiento de leyes naturales que explican los fenómenos, pero no encontramos a Dios directamente, sino que percibimos vagamente su carácter fundamental en el orden y descubrimiento de todas las cosas. Es posible que, después de todo el avance científico y tecnológico que podamos hacer a lo largo de los tiempos, queden preguntas sin respuesta a las que no nos quede otra que resignarnos y concederle un carácter pseudo-divino; es decir, no-causal. Quizá ahí se encuentre Dios como primera causa.

En cuanto al segundo punto, cabe ilustrarlo como sigue.

Antiguamente se atribuía un carácter divino a todos los fenómenos naturales. En cuanto comenzamos a entender, cuantificar, y predecir los mismos, el área de Dios fue ocupándose por el área de la ciencia. El carácter divino de todos los fenómenos se desplazó a otras áreas todavía no explicadas. Los ritos fueron desplazados por cálculos. Dios, en la Alta Edad Media, ya no era el origen de la lluvia, pero sí de la vida.        
Siguiendo esta línea, el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, hasta que C. Darwin aportó la Evolución de las Especies a los anales de la ciencia. Entonces la aparición del ser humano dejó de ser cosa de Dios.                                                                           
Con su juzgado ‘Sidereus nuncius‘ y la famosa cita «Eppur si muove», Galileo pone el método científico por encima de la religión: prima la observación a la oración. Fue el primer flechazo al cristianismo. Aprender y conocer ya no se traduce en hacer memoria y creer, sino en comprobar y proyectar. Yo, a través de mi razón, soy capaz de alcanzar la Verdad. El sujeto se pone a sí mismo como centro de referencia de toda certeza.                                          
Con este hábito Dios ha ido perdiendo fuerza y espacio en las costumbres de occidente. Religión y ciencia libraron una cruenta batalla por alcanzar el pedestal de la Verdad durante siglos. Y no fue hasta el Concilio Vaticano II cuando se le otorga su merecida autoridad a la ciencia y a la razón, siguiendo la máxima de Tomás de Aquino: «fe y razón no son incompatibles».         
Ahora estamos en pleno auge de la religión cientificista, pero a nivel fundamental siguen quedando cuestiones abiertas acerca del funcionamiento del Cosmos y del yo.

Y ante tal desconocimiento cada vez, según parece, más limitado, cabe preguntarse ¿y si Dios no es la Ciencia? ¿Y si hay fenómenos que, simplemente, ocurren porque sí? Estas preguntas pueden presentarse como una absoluta locura y un despropósito, pero no lo son si nos acercamos a estas cuestiones fuera de los marcos conceptuales del marco histórico en el que vivimos.             
Por ejemplo, la unificación de las fuerzas fundamentales en el marco de la mecánica cuántica. La física lleva cien años intentando cuantizar la fuerza de la gravedad para introducirla en el Modelo Estándar (la mejor teoría que tenemos para explicar a nivel fundamental todas las interacciones del Universo) para alcanzar así la famosa Teoría del Todo. El problema al que los físicos se enfrentan no es de dificultad matemática, sino conceptual. La gravedad es descrita a través de la Relatividad General, teoría que habla del espacio-tiempo en sí. El resto de fuerzas (nuclear fuerte, nuclear débil y electromagnética) son bien explicadas y unificadas sobre el espacio-tiempo. Es decir, mientras que las fuerzas nuclear fuerte, débil y electromagnética son descritas en un escenario, la Relatividad General te habla del mismo escenario. Cuantificar el espacio-tiempo bien podría quedar como un propósito fetichista de los físicos teóricos para encuadrarlo todo bajo el mismo marco conceptual. ¿Por qué ha de ser así?

Aun habiéndole quitado terreno al Dios tradicional, Aquél que usamos para dar respuestas a lo desconocido, es posible que Éste se esconda detrás de la pregunta última. Es posible que Dios sea, simplemente, la respuesta porque sí, abriendo una puerta a la existencia desde la no-existencia. Una buena forma de pensar en estos términos es coger una pregunta cualquiera y descomponerla en sus «porqués». Al final, llegaremos irremediablemente a un «porqué» sin respuesta, al menos hoy día. Siempre quedará un núcleo irresoluble para nuestra mente de simio avanzado, y puede ser que se exprese de otras formas más allá de la razón.                    
Dice Werner Heisenberg, uno de los padres de la mecánica cuántica y descubridor del importante Principio de Incertidumbre:

El Universo no es sólo más complejo de lo que pensamos, sino que es más complejo de lo que jamás podamos pensar.

A su vez:

El primer sorbo de la copa del conocimiento nos separa de Dios, pero en el fondo de la copa Dios está esperando por quien lo busca. Si es así, hay entonces un modo de pensar que conduce a las verdades religiosas. Si no, nuestro mundo pondrá en vano sus esperanzas en la religión»

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Dios es el porqué entre lo finito de la experiencia y lo infinito de la materia. Su carácter, quizá por descubrir, quizá oculto para siempre, yo no lo sé. Sí sé que yo soy. Y soy porque la experiencia es en mí, y yo en la experiencia. La materia es en mí, y yo soy en la materia. Y yo contengo el puente que hace de unión entre todo lo que existe y deja de existir. En cierto modo, yo soy todo en la misma medida que el todo está en mí. Dios, sea lo que sea, es en mí en la misma medida en la que yo soy en Dios. Y más allá, al ser yo todo lo que conozco, o creo conocer, quizá Dios sea en mí en la misma medida en la que yo soy Dios.                                                 
Alcanzar el todo es entregarse a la nada; esto es, alcanzar la autoconsciencia necesaria para percibir el orden natural de todo lo que se percibe y, quizá, de todo lo que no se percibe. Igual que el hombre es la medida de lo que es en tanto que es, y de lo que no es en tanto que no es, lo que no es define lo que es, y viceversa.                                                          
Sustituir el cientificismo por el cristianismo es caer en el mismo error del pasado: suponer una única vía de conocimiento. Es anticientífico ser cientificista.